Mazo de descartes

En el bosque

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Me encontraba sentado en el suelo, la espalda apoyada en una piedra, el cielo sobre mi cabeza oscurecía por momentos, era cuestión de minutos que comenzara a llover. El campo de mi alrededor, yermo y desolado, plantado de cuerpos, teñido de rojo por la sangre de los que habían padecido, los que aún se aferraban a la vida con sus llantos y lamentos. La atmósfera era atroz, digna del final de una batalla.

Tenía frío, no encontraba consuelo, bajé la mirada a mis manos, efectivamente, estaban llenas de sangre, de mi sangre. Al levantarlas pude comprobar que la herida de mi vientre era tan grave como pensaba, no tenía otra opción que esperar la llegada de mi muerte. Los pensamientos inundaban mi mente, los recuerdos de toda mi vida venían claramente, no he sido el mejor hombre, simplemente he cumplido con los destinos que me han tocado vivir.

“… Aquel maldito bosque me agobiaba, llevamos más de tres días en su interior, caminando y caminando, parecía no tener fin. Miraba a mi alrededor y veía las mismas caras hastiadas en mis compañeros, estábamos hartos de la situación, de no parar de huir de un enemigo que no dejaba de acosarnos. Sabíamos todos que en campo abierto eran muy superiores a nosotros, pero en un bosque, con escaso espacio para maniobrar, para formar con comodidad, quizás tendríamos una oportunidad.

Llegó la noche, aprovechamos a comer algo y descansar tras todo el día. No podíamos hacer fuego por miedo a ser descubiertos, el pan estaba duro y solo podíamos acompañarlo con algunas raíces y setas. No es forma de alimentar a un ejército exhausto, pero la mayoría de nuestras provisiones habían quedado atrás, en el campo de batalla.

Me encontraba junto a tres camaradas, miré al más alto a los ojos y le dije:

– Estoy cansado de huir como un perro asustado, caminar mirando siempre atrás, con el miedo como constante compañero. ¿Por qué no les atacamos aquí? Este maldito bosque nos dará una pequeña ventaja.

Mis compañeros enseguida me dieron la razón, comenzamos a hablar con otros grupos cercanos, estos con otros y al poco tiempo fuimos a ver a nuestro señor. Le comentamos la situación, lo cansados que estábamos de sentirnos presas, queríamos convertirnos en cazadores o morir en el intento. Nuestra pasión y ganas de luchar fueron estériles, nuestro señor nos miró uno a uno a los ojos, miró al suelo, levantó la cabeza hacia los árboles y con la voz tomada nos contestó.

– Es de admirar vuestro coraje, pero no sois nada más que un grupo de insensatos, –cuando posó la mirada en nosotros pudimos reconocer el miedo en sus ojos– ellos son muchos más, motivados y mejor alimentados. El bosque no es suficiente defensa para salir vivos de ello. Iros ahora a descansar y mañana proseguiremos la marcha, en pocos días estaremos fuera de su alcance.

Fue muy duro oír decir aquellas palabras, era la primera vez que veía a nuestro señor hablar como una mujer, con las lágrimas en los ojos, con el miedo adueñado de su corazón. Fue la segunda y última vez que huí en mi vida, jamás volvería a dar un paso atrás, luché por no ser nunca aquel hombre dominado por el miedo.”

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Autor: Adokin

Con una buena cerveza, buena comida y una mejor compañía se puede hacer de todo, incluso un blog.

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