Mazo de descartes

Fuego en la orilla

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Se podía ver perfectamente la oscilante luz de la hoguera, tras los pequeños setos de la rivera del arroyo. Había tres personas sentadas a su alrededor, susurraban algo, como una plegaria a un dios. No parecían viajeros, ni ningún tipo de ladrones, no parecían el tipo de persona que esperabas encontrarte en medio de la noche, en medio del bosque, en medio de la nada completamente alejado de las rutas comerciales.

Nos miramos a los ojos, con una simple mirada era suficiente para saber que pensaba el otro de la situación, a ninguno de los dos nos gustaba lo que estábamos viendo, había algo en todo ello que nos era extraño, algo que no encajaba, algo de lo que la experiencia nos decía que era mejor huir y alejarnos de aquel lugar. Una segunda mirada confirmó que éramos dos completos insensatos, decidimos agazaparnos y esperar en las sombras.

Nos tumbamos en el suelo, intentando mantenernos lo más pegados posible a la tierra y con el mejor punto de vista. Las mantas nos cubrían las espaldas, de esa manera evitábamos el frío de la noche y reflejos indeseados de nuestras armas y aparejos. Al poco la noche nos volvió a sorprender, comenzaba a llover. Mirábamos a las figuras y parecían no importarles el agua, ni el frío que comenzaba a ser más insistente. Seguían en la misma postura, seguían rezando a lo que rezaran, su murmullo era constante, un susurro armónico en medio de la noche, una dulce melodía que te acurrucaba, que hacía que el mundo se parase a tu alrededor, una dulce canción de cuna.

Poco a poco todo aquello parecía perder sus sentido, era absurdo observar durante horas a unas desconocidas figuras en la misma posición, a tres personas que no hacían nada más que rezar y rezar. Estábamos cada vez más cansados, el sueño comenzaba a ser un problema, pero todo cambió de repente. Una de las figuras salió de su letargo, de su letargo ritual. Era esbelta, cubierta con una túnica de los pies a la cabeza. Miró al arroyo, pasó por delante al hoguera echando sus manos al pecho, no sabíamos que estaba ocurriendo. De repente la túnica calló al suelo, la luz del fuego nos permitió ver su cuidado cuerpo, sus piernas largas y finas, sus perfectas caderas, una espalda hermosa medio cubierta por una delicada melena rubia, del color del oro más puro. Sin lugar a dudas era la mujer más hermosa que habíamos visto jamás.

No salíamos de nuestro asombro mirando a aquella mujer, sin poder parpadear, menos aún cuando se giró, con aquellos pechos firmes como los que jamás habíamos visto, un cuello fino que acababa en la cara más bella que podíamos imaginar, con una piel blanca, unos ojos gris azulado del color del hielo, unos labios rojos que únicamente te permitan imaginar una cosa, cuál sería su sabor. Sin ninguna duda, era la más bella mujer que un hombre podía imaginar.

De repente la lluvia cesó, pero nosotros no podíamos dejar de observar los brillos del fuego en aquel hermoso cuerpo mojado. Era algo hipnótico, tan hipnótico que no sabemos de donde apareció aquella cosa, con un pisar fuerte y sordo, parecía ser amo y señor del entorno. En la vida habíamos visto semejante criatura, era como un hibrido entre hombre y bestia, aunque era difícil de definir que tipo de bestia. Las patas posiblemente fueran de toro, el cuerpo parecía humano pero era el doble de grande que el de cualquiera, la espalda terminaba en una cola y su cabeza era aún más difícil de describir; parecía humana, con ojos felinos, una boca ligeramente saliente a modo de hocico. Tenía los cuernos de un toro y una pequeña crin que recorría toda su espalda.

Estábamos tan estupefactos que no éramos capaces de mirar a otro lado, de mover ni siquiera un dedo. Parecíamos dos estatuas de piedra observando como aquella maldita bestia se acercaba a la mujer, como las otras dos personas encapuchadas parecían no inmutarse en lo más mínimo, siguiendo con sus cantos. Y los cantos siguieron durante todo lo que sucedió a continuación, durante todo el rato en que aquel ser gozó del cuerpo de la mujer, mientras ella gemía del placer de sentir como era tomada, sin mostrar el más mínima reticencia a ser penetrada por semejante criatura.

Acabado aquel grotesco acto sexual la figura se incorporó, miró hacia donde nos encontrábamos y sonrió, pudimos ver aquella sonrisa canina, era como si un lobo nos sacara los dientes a modo de advertencia, pudimos sentir como se helaba nuestra sangre con aquella mirada inexpresiva, fría, sin ningún tipo de sentimiento, con aquellos ojos felinos que parecían capaces de arrebatarnos el alma con solo desearlo. Sabíamos que aquello no era bueno, sabíamos que solo podíamos hacer una cosa, lo que hicimos, correr…

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Autor: Adokin

Con una buena cerveza, buena comida y una mejor compañía se puede hacer de todo, incluso un blog.

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