Mazo de descartes

La leyenda del Bú

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owlman2Érase una vez, en un tiempo lejano, cuando los niños aún jugaban libres en la pradera hasta el cantar del gallo. En un tiempo donde las abuelas no mentían cuando asustaban a los nietos con historias de seres extraños, diablejos y el hombre del saco. Sí, yo viví en esos tiempos y fui testigo de un cuento de terror que sería recordado siglos atrás a través de una sola palabra; una palabra que azota el corazón y mata. Hora es ya que cuente la historia, que conozcáis la verdad de lo que sucedió.

” -Uhhhh. Uhhhhh

El ulular de los búhos del bosque me despertó.

El fuego chisporroteaba tratando de sobrevivir a aquella gélida noche invernal. Me acurruqué de nuevo bajo mi capa y el amparo del quejigar que se extendía por la loma del monte. Una tímida luna menguante asomaba entre la cascada de nubarrones que comenzaba a bajar hacia el valle.

– Auuuuu

Resonó un lobo. Sentí un escalofrío. Sería mi última noche a la intemperie pues mi destino no quedaba ya lejos. Traté de volver a dormir, nada, mi mente no cesaba en su empeño de inventar relatos de terror. La escarcha silenciaba el monte, tan solo las alimañas con sed de sangre fresca se quejaban hambrientas merodeando alrededor del fuego.

De pronto algo inesperado.

– Buuuu-uhhhhhh

Un graznido agudo y punzante como el hielo que comenzaba a extenderse por mis venas surgió detrás de la loma. ¡Otra vez!  Una sombra pasó volando tapando la sutil luz lunar por un instante. Parecía un buho, pero los buhos no graznan… Acababa de recuperar el aliento cuando un grito infantil retumbó en el valle y tras él un silencio sepulcral. Esa señores fué la primera vez que lo oí; ustedes quizás lo habrán oido en sus más oscuras pesadillas.

La mañana despertó gris y lluviosa. Mis pies estaban entumecidos y las ampollas supuraban dentro de mis ajadas botas de montaraz. Al fín llegué a mi destino pero nada más cruzar el puente de entrada al pueblo un hálito de pesadumbre me acarició el rostro. Ni un alma caminaba por las callejuelas empedradas, nadie compraba en los comercios, ni siquiera olía a pan recién horneado. ¿Qué mal azotaba estas tierras?

Al doblar la esquina me topé con un señor mayor, con una gran chepa que empujaba agónicamente una carretilla. En ella llevaba algo envuelto en unas mantas. A su paso decenas de ojos inquietos se asomaban a través de los visillos de las ventanas.

– ¿La posada del lobo?- Me atreví a preguntar.

Con un dedo tembloroso señaló hacia una estrecha callejuela a pocos pasos de allí.

Al llegar a la posada aporreé la puerta con el llamador de bronce que simulaba la cabeza de un buho. Me pareció curioso. Una señora enlutada de pies a cabeza y ataviada con un traje raido de encajes me abrió. Mientras me presentaba se escuchó una voz:

– ¡Angustias! ¿Quién va?

-Un forastero anda buscando cobijo. Dice que es “coronista”

-¡Cronista!- Le corregí a la mujer.

– ¡Hazle pasar y prepárale una habitación!

Seguí al ama de llaves por un oscuro pasillo hasta llegar al salón de visitas. Sentados frente a un acogedor fuego se encontraban un anciano, parecía el dueño de la posada y otro hombre más joven, no llegaría a la cincuentena.

– Buenos días. Soy Mateo Guzman. Acabo de llegar al pueblo y vengo por motivos de trabajo.

– ¡Ha venío usted al mejor sitio entonces! Soy Beato Cifuentes y este señor es el Ilustrísimo Señor Alcalde de este pueblo, Don Isidro Díaz.

Le dí a ambos un apretón de manos. Hombres rudos de pueblo que hicieron crujir los huesos de mis muñecas.

– ¿Es usted cronista? ¿A qué se dedica exactamente?- Preguntó el alcalde.

– Investigo historias y hechos insólitos. Me han dicho que este es un lugar de antiguas leyendas. Me parece interesante.

Los dos hombres se miraron. Me inquieté.

Angustias apareció en el salón, su tez era cetrina a la luz del candil que portaba. Temblaba como una hoja mientras lograba tartamudear:

– ¡La, la niña… ahora la, la niña de los Herrera! La encontraron de amanecida.

El alcalde clamó una maldición mientras limpiaba sus gafas nervioso.

-¿Dónde? ¡Por el amor de Dios, habla mujer!

– En el bosque. Cerca de la loma

Un escalofrío recorrió mi espalda al recordar la noche pasada en el quejigar.

-¿Tenía, ya sabe…?- susurró el alcalde. Apenas pude oirle.

Angustias asintió. Algo muy grave ocurría en aquel pueblo.

– Acompañe al señor a su cuarto. Después Don Mateo vendrá conmigo a dar un paseo en esta amarga mañana.

Dicho y hecho. En menos de una hora Don Beato y Don Isidro me acompañaban por las callejuelas encharcadas. Olía a humedad y el viento helaba los huesos. Llegamos hasta la iglesia, pequeño santuario prerrománico donde en el interior de la sacristía nos esperaban el párroco y un forense. El motivo de nuestra visita se encontraba tendido sobre una mesa larga y rectangular, envuelto en mantas.

– Acaban de traerlo señor alcalde- dijo el párroco.

-Procedamos a examinar el cuerpo pues- Ordenó Isidro.

El forense descubrió el cadaver. Cogí papel y pluma dispuesto a contarlo todo con pelos y señales.

 A lo que debimos contemplar soy incapaz de ponerle sustantivo y mucho menos adjetivos. El cuerpo de una niña de unos diez años se hallaba ante mis ojos. Su piel antes suave e inocente presentaba magulladuras y desgarros, en las costillas moratones como si la hubiesen apretado fuertemente pero, lo más curioso eran las quemaduras que presentaba en su rostro. Ampollas con un origen desconocido poblaban la frente y zona ocular de la niña, pero lo más sobrecogedor fué cerciorarnos de que le habían arrancado el corazón.

Después de contemplar aquel horror salí a resguardarme cerca del altar mayor, el olor a incienso y antigüedad me reconfortaron. Un pequeño rayo de sol entró por la vidriera, parecía que la hora de comer hacía rato que había pasado.

El párroco, Don Segundo, salió a mi encuentro.

-Es fácil sucumbir ante una visión como esta. Es el quinto niño en un mes.

– ¿Qué o quién los ataca?

– No se sabe. Se cree que es un animal que ha llegado hace poco a estos bosques. Un animal con pico y con garras.

– ¿Un ave? No puede ser, no son niños de pecho lo que atrapa.

De pronto el párroco comenzó a hablar entre susurros, el silencio del templo se hizo aún más presente.

– Las gentes de estas tierras ven cosas. Un animal que mora por los montes, lleva aquí desde antes que viviese el hombre. Centenares de infantes han sido asesinados por la bestia de ojos rojos y graznido atroz.

-¡Tonterias padre!- Exclamó Isidro saliendo de la sacristía e interrumpiendo a don Segundo- Supercherías de gentes de pueblo con demasiada creencia en la iglesia y párrocos charlatanes como tú. Nada que pueda interesarle a un cronista de buena reputación.

El anochecer ya estaba próximo. Aún permanecía en la iglesia, pero me encontraba fuera apoyado en un pilar de la fachada. En el tejadillo pude observar varios canes de piedra con figuras demoniacas talladas en ella. Magnífica obra de los canteros. Sin embargo mi mirada se entretuvo en uno, la silueta de un ave extraña con enormes ojos de los que parecía salir fuego. Podría ser un buho gigante.

El sepelio de la criatura fué rápido y he de decir que poco concurrido, pues el miedo amedrentaba la voluntad de estos lugareños. La familia de la víctima y varios vecinos con sus hijos comenzaron a salir por la puerta.

Un niño se acercó hasta donde yo estaba, embelesado aún por la figura del canecillo. Muy serio y con ojos desorbitados repetía sin cesar señalando al tejadillo:

– ¡Bú ! ¡Bú!

No entendí su balbuceo

¡De repente!

– Buuuhhh-uhhhhhh; Buuuhhh-uhhhh

Un graznido interrumpió los susurros condolentes. Mi cuerpo se paralizó y mis pensamientos se deshicieron hasta reducirse a nada al escuchar aquel sonido helador. Todo el mundo quedó petrificado. Entonces, una sombra alada surcó los cielos del valle amparado por la oscuridad del ocaso. Un resplandor rojizo iluminó el cielo y el graznido socabó tímpanos y cerebros.

El miedo volvió a recorrer las calles; los vecinos cogieron a los niños y partieron rumbo a sus casas. La bestia alada cruzaba de un extremo a otro el pueblo trayendo consigo un viento gélido que cortaba la cara. Don Segundo cerró raudo la iglesia y su mirada se cruzó cómplice con la mia. Recordé sus palabras.

Entonces unas manitas tiraron de mi pantalón. El niño aún permanecía a mi lado.

– Bú. Bú- Volvió a balbucear.

Esa, señores, fué la segunda vez en mi vida que oí su reclamo y la primera vez que escuché pronunciar su nombre.

De pronto un hombre llegó corriendo, agitado por el pánico.

-¡Otro más! ¡Otro más! ¡El niño de los López desapareció una hora ha! ¡Fué visto por última vez jugando en el río!

Isidro ordenó de inmediato que organizaran una partida de hombres armados antes de la medianoche. Yo, protagonista involuntario de los acontecimientos me uní a la búsqueda, sin saber que lo que iba a ver aquella noche, cambiaría mi vida para siempre.”

CONTINUARÁ…..

La leyenda del Bú (2ª parte): http://mazodedescartes.com/2014/10/10/la-leyenda-del-bu-2a-parte/

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Autor: Jana

Crea magia con tus propias manos porque como un sabio dijo un día "la vida es sueño y los sueños, sueños son."

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