Mazo de descartes

La leyenda del Bú (2ª parte)

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14826_513383245399785_925024688_nÉrase una vez, en un tiempo lejano, cuando los niños aún jugaban libres en la pradera hasta el cantar del gallo. En un tiempo donde las abuelas no mentían cuando asustaban a los nietos con historias de seres extraños, diablejos y el hombre del saco. Sí, yo viví en esos tiempos y fui testigo de un cuento de terror que sería recordado siglos atrás a través de una sola palabra; una palabra que azota el corazón y mata. Hora es ya que cuente la historia, que conozcáis la verdad de lo que sucedió.

” Tenía cogida la escopeta con fuerza, jamás había usado un arma ni siquiera para cazar. Así con el corazón en un puño y este cerrado alrededor del gatillo, recorría el monte acompañado por un ejército de hombres al rescate de la próxima víctima de la bestia. El aliento mudo de la milicia rural se volvía denso, pesado al contacto con la gélida atmósfera, sólo un par de candiles iluminaban el suelo pedregoso y resbaladizo por el barro. La luna asomaba tímida entre los nubarrones dejando entrever a través de los arbustos decenas de ojos brillantes y amarillos que nos seguían curiosos, puede que hambrientos. El crujir de las ramas y hojas putrefactas delataban la presencia de las alimañas en la noche.

-Auuuuuuuuu, auuuuuuuu

Apreté aún con más fuerza la escopeta.

– Pummm- Voceó de pronto un hombre que caminaba a mi lado- A ese que aúlla le metía un balazo entre ceja y ceja ¡Eh? Uno menos pá mis ovejas y buena pieza pá la pared.

Indignado ante el absurdo comentario que rasgó el silencio repliqué

-Guarda tus balas para matar al monstruo que come el corazón de vuestros hijos.

El cazador me miró cómo solo los ignorantes saben mirar y se alejó. Agradecí de nuevo el silencio. Don Isidro, el alcalde, se acercó hacia mi iluminando la terrible oscuridad que acechaba no solo el bosque, sino también mi alma.

– ¿Me va a usted a contar la verdad de una buena vez, alcalde? O tendré que ver más cadáveres despedazados en la sacristía.

Don Isidro se colocó las gafas y se rascó la cabeza ya entrada en canas.

– No andaba mal encaminado Don Segundo, he de decir. Se cuentan leyendas, cuentos de viejas que recorren los pueblos de los montes de Toledo y se extienden más allá de La Mancha. Hablan de un animal, un búho gigantesco que habita en lo profundo del bosque. Por el día duerme y despierta al anochecer, ávido de carne, para acechar a sus víctimas; siempre niños descuidados. Las atrapa con sus garras para después arrojarlas al vacío, un vacío de muerte.

-¿Qué nombre se le da a la bestia?- Le pregunté sospechando la respuesta

– En muchos lugares se le llama Bú, por tener cabeza de búho y patas de hombre.- Respondió.- No creo en supercherías, ni tan siquiera que pudiera tratarse del mismo Satanás.

-¿Y qué ha visto hoy en el sepelio, Isidro?

-Sé lo que he visto. Un animal engrandecido por el miedo y la religión que hoy tendré el gusto de matar.

Según proseguíamos la marcha una extraña sensación comenzó a inquietar aún más mi ánimo. Algo me observaba. La sensación aumentó hasta el punto de sentir un potente ardor en la nuca. Levanté la vista hacía la loma y de pronto lo ví. Una silueta negra como la noche reposaba sobre la rama de un quejigo. Apunté con la escopeta. De repente se giró y encendió las luces rojas de sus ojos con la intención de vigilarme. El ardor de la nuca se extendió hacia la frente. Me quemaba.

– ¡Mirad! ¡Ahí está, en lo alto la loma!- avisó un hombre.

En ese mismo instante se oyó otra voz…

– ¡Socorrooooooo!, ¡ayudaaaaa!

-¡Es el niño!- Gritó el alcalde.

-Buuu-uhhhhhh; buuuu-uhhhhh

La criatura desplegó sus alas y surcó a gran velocidad el oscuro cielo invernal. Voló sobre nosotros jactándose, entre feroces graznidos, de nuestro terror.

-Buuu-uhhhh; buuu-uhhhhhh

Tres hombres entre los que nos encontrábamos el alcalde y yo mismo, corrimos a través del denso bosque siguiendo los gritos aterrorizados del niño. Un rayo de luna iluminó la vaguada que alberga el río y fue cuando pudimos ver un pequeño bulto que se movía ligeramente en la orilla. En ese preciso instante una sombra cruzó el valle. El alcalde apuntó con la escopeta al cielo con la mala suerte de errar el tiro.

-Buuu-uhhhhh- Se burlaba el Bú

El otro hombre se encaramó a un árbol y colgado de una rama disparó a la bestia. Nada. Las balas no atravesaban la armadura de plumas de la criatura al contrario se mostraba esta aún más viva. El Bú giró bruscamente en el aire en dirección a su agresor. El alcalde ordenó a gritos a su paisano que bajara, pero fué tarde. Lo que ocurrió después no lo imaginarían ni mis pesadillas. Los ojos rojos del ave brillaban iluminando el rostro del pobre campesino. Éste fijo en ellos profirió en chillidos de dolor, de horror; llevándose las manos a los ojos no alcanzó a descubrir que, a través de sus dedos temblorosos, un humo caprichoso comenzaba a verterse y condensarse al tocar el viento helador. La criatura estaba ya muy cerca, lo suficiente para que notásemos un ardor que recorría nuestras frentes y ojos.

– ¡Isidro, no mire a la criatura! ¡Cúbrase los ojos!

El alcalde desató el pañuelo que llevaba al cuello y se lo puso alrededor de los ojos. Yo me tapé el rostro con las manos pero mis dedos translúcidos a mi insaciable curiosidad, me obligaron a ver la escena. El hombre permanecía agarrado a la rama y de sus ojos brotaban llamaradas naranjas y rojas. Yo no lograba entender como seguía con vida. La bestia soltó de nuevo un graznido atroz posándose justo encima de su víctima para atraparlo con sus garras. No era un cuerpo joven, por tanto no dudó en despreciarlo estrellándolo contra la loma. Al fin los desesperados alaridos cesaron. El Bú alzó el vuelo para perderse trás el monte.

El rostro de Don Isidro delataba pavor ante lo que había presenciado, también incredulidad.

– ¡Ahora es nuestra oportunidad!- Avisé al alcalde- Voy a buscar al pequeño pues no tardará en regresar.

– Bien, le cubriré. Suerte amigo.

Corrí en dirección al río. El bulto ahora más grande, apenas se movía y de su boca no salía un solo hilo de voz. Temí que estuviese malherido. Corrí y corrí poniendo a prueba mis pulmones, ya cansados de tanto frío y humedad.

– Buuu-uhhhhh

Se escuchó en la lejanía. ¡No, todavía no! Faltaba poco para llegar. El pequeño se encontraba inconsciente en el suelo, estaba empapado y tiritaba. Intenté moverle y gruñó, señal de que tenía alguna hueso roto. Observé varios rasguños en la cara además de las quemaduras alrededor de los ojos. El Bú ya había intentado atacarle. De pronto el eco de otro graznido se escuchó a lo largo del valle y mi sangre se heló al tiempo que zarandeé al niño para que despertara, hasta que al fin abrió los ojos.

– Soy amigo tuyo chiquillo. He venido a ayudarte. ¡Tenemos que irnos de aquí! ¿Puedes levantarte?

El niño asintió y trató de levantarse pero se tambaleaba, estaba muy débil.

-Puum; puum_  sonó un disparo que provenía de la escopeta del alcalde.

Cuando miraron al firmamento vieron el destello rojo que tanto temían. Ordené al chiquillo que no le mirase a los ojos mientras tratábamos de huir pero ambos caímos al suelo. Volví a empuñar el arma tras ayudar al muchacho a levantarse.

– ¡Sigue corriendo chico, no mires atrás. Escóndete en un lugar seguro.- Le grité.

Un ardor intenso se extendió de nuevo por mi frente, señal de que la bestia se encontraba muy cerca. Se oyó otro disparo en la lejanía que dejó sordo al silencio. No era capaz de mover ni un músculo. Entonces lo avisté, volaba a gran velocidad en dirección al niño y fue en el preciso instante en que sacaba sus enormes garras para atraparle, cuando una bala salió de mi escopeta. El monstruo se elevó y se giró hacia mí. Entorné los ojos, ¡Dios mio! ¡Cómo ardían! Le escuché graznar mostrando su ira y poder. Aún me dejó tiempo para garabatear por última vez mi libreta de cronista.

Encare al Bú de ojos demoniacos y afilado pico de rapaz; el batir de sus alas, abiertas y cubiertas de un denso plumaje gris, levantó una ligera brisa que de veras alivió mi pesar. Comprendí absolutamente todo lo que estaba a punto de ocurrir y respiré hondo, y cargué la escopeta. Sentí en el corazón el fuego de su mirada como si se tratase del aliento del dragón y después una tremenda presión me oprimió las costillas; estaba aplastandome con sus garras. Alcé la escopeta, apunté al cuello y sin saber cómo apreté el gatillo.

Un sonido gutural y aterrador salió del pico de esa criatura mientras comenzaba a precipitarse hacia la brava corriente del río. Entonces me miró fijamente, como si supiese quién le había asestado el tiro mortal y con un gesto de triunfo me escupió contra las rocas. En esos breves instantes sucumbí a la calma y paz de la resignación. La vida volvía a mis ojos para contemplar por última vez la luna próxima ya al solsticio. La libreta resbaló queriendo de mis dedos y quizás  fuese lo último que vi antes de que la oscuridad me tragase.

Sé de buena tinta que me enterraron con honores y levantaron un mausoleo en mi honor. Pude averiguar que al día siguiente un sol alto y brillante devolvió la vida al pueblo. El ulular del búho se seguía escuchando allende los montes como también el aullido del lobo, el croar de las ranas en el río y la animada melodía de los grillos con la llegada de la primavera. ¿Cómo lo sé? Él, aquel muchacho moribundo que salvé en el río llego hasta mi pluma y con buena letra me relató todo lo acontecido desde mi muerte. Así que si sobreviví a mis locas hazañas de montaraz, al tiempo y a las bocas de las gentes que sobre mi historia departieron por muchos años. El Bú también sobrevivió pues, según cuentan aún se pueden oír extraños graznidos en la noche cuando un infante despistado y desobediente no quiere irse a dormir. Pero eso amigos, son otras historias, son cuentos de viejas. Son las leyendas del lugar.

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Autor: Jana

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