Mazo de descartes

Bailando con la oscuridad

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images7ZTDP1XCAún le temblaban las manos por la emoción de haber recibido la carta de invitación. No esperaba en absoluto haber sido invitada a la recepción de bienvenida del hombre más rico de la comarca. No es que ella fuera una mendiga, nada más lejos; pero era una solitaria y tímida jovenzuela casadera, una más en aquel pueblo perdido de la llana Soria.

Se encontraba realmente intrigada pues pasadas dos semanas desde su llegada, nadie había sido testigo de la presencia del escurridizo heredero. Nadie salvo el alcalde, algún terrateniente y el desaparecido capataz. Los sirvientes de la antigua mansión no se habían percatado de su ausencia y mucho menos de su aparición. Tal mutismo vertía una corriente de rumores y leyendas oscuras sobre el joven. Leyendas alimentadas por mentes inquietas y la proximidad de Todos Los Santos. Ella misma sabía de memoria cada rincón de aquella casona y aún el frío recorría el cuerpo de Angélica cuando recordaba la estancia en su interior, escasos días atrás. La invitación vino acompañada por una partitura para violín y entonces se le heló la sangre…

 

– La casa debe quedar limpia antes de que el señor llegue ¿Entendido?

– No habrá problema señorita Mirta. Cumpliré con mi trabajo, no tendrá queja alguna.

Más te vale Angélica pues la puntualidad y la pulcritud son dos cosas que el señor valora. He puesto toda mi reputación en juego recomendándote.

Aquellas fueron las amables palabras que Mirta, la anciana y estricta ama de llaves de la mansión Salazar, le dedicó a la muchacha. Todo comenzó con un leve apretón de manos justo a la entrada de la casona y con la figura de un sátiro como único testigo.

Entraron al hall, una extravagante estancia de mármol ahora grisáceo debido al polvo y la suciedad. Era enorme y luminosa pues aún con la escasa luz que entraba desde el exterior en la hora azul, se podían distinguir bien los muebles, al parecer dignos de todo prestigioso anticuario y que ahora se escondían tras sucias sábanas blancas. La señorita Mirta le indicó que la siguiera pues quería enseñarle la casa y explicarle que debía hacer.

Angélica quedó extasiada cuando pudo ver la grandiosa lámpara de araña que presidía el salón-comedor. Disfrutaría devolviéndole su brillo natural.

– Debes ser muy meticulosa y metódica. Nada deberá moverse del sitio, el señor es muy maniático con esas cosas. La planta baja deberá estar siempre reluciente, bien ventilada e iluminada para deslumbrar a cualquier visita. Sin embargo…¡Nada de acudir a los dormitorios antes del anochecer y si lo hicieras nunca deberás dejar entrar la luz del sol!Pues el señor necesita descanso.

La mujer ataviada de negro con un vestido monjil hasta los tobillos y un moño canoso, gesticulaba sin parar de forma autoritaria. Angélica no entendía que un hombre joven descansase durante el día y trabajara durante la noche. La mujer siguió aleccionándola.

– Empiezas desde ahora. En las cocinas, bajando esas escaleras, encontrarás todo lo que necesitas y ¡recuerda! Nadie debe percatarse de que estás aquí. Sé cuidadosa muchacha o tendrás que vértelas con el joven. – Terminó Mirta entregándole un juego de llaves; acto y seguido se marchó a proseguir sus quehaceres.

Angélica cogió todo lo que necesitaba de las cocinas, un lugar lúgubre y decadente de dónde salió lo más rauda que pudo. Decidió comenzar por el hall, sus pasos sobre el desgastado mármol era lo único que se podía escuchar en la casona. Encendió el candil que portaba, ya que la luz de la entrada estaba estropeada. Descorrió la primera sábana. Una nube de polvo cubrió la estancia por unos segundos, pegándose a la fría humedad otoñal que impregnaba el ambiente. La joven tosió y se tapó la boca con sus finas y pálidas manos. Lo que descubrió fue un espejo muy antiguo y un poco ajado que cubría una buena parte de la pared. Angélica se vio reflejada en él. Aún se aproximó más, no estaba acostumbrada a ver su figura delgada en un espejo tan grande y a la luz del candil. De pronto algo la distrajo por un segundo, parecía haber oído el motor de un auto. Todo volvió a quedar en silencio. No sería nada.

Angélica comenzó a repasar sus facciones en el espejo, sus marcados pómulos no lograban disimular sus enormes ojos color del ámbar; Sin embargo algo extraño ocurría, comenzó a oír de fondo una especie de melodía de violines cuyas notas salían del interior del espejo. El reflejo de su rostro se tornó borrosa y deformado por el doloroso pasar del tiempo. No tenía apenas voluntad para dejar de mirar, la melodía seguía in crescendo. Creyó ver una sombra pasar veloz detrás del espejo, pero no podía asegurarlo. El vello de la nuca comenzó a erizarse. De repente un fuerte sonido la despertó y el corazón se le encogió cabiendo en un pequeño puño.

(pinchar el vídeo)

Angélica respiró aliviada, solo había sido el viejo reloj de carillón del salón-comedor. Estaba demasiado cansada y aquella casa le producía escalofríos. Le llamó la atención el no encontrar ningún autorretrato del joven heredero, bien parecía que no existiera. En ese momento las notas de un violín volvieron a llegar a sus oídos, esta vez procedían de la planta de arriba. Sin poder dominar sus pies, comenzó a subir por la magnífica escalera de mármol que llegaba a los dormitorios dibujando una elegante espiral.

” Clack, clack” Sus zapatos de tacón retumbaban por todo la casa. Siguió la melodía hasta una pequeña habitación que olía a polvo y rancidez. Descubrió la sábana de donde provenía el sonido y se asombró al ver un antiguo gramófono que emitía música clásica. ¿Cómo se había puesto en marcha solo? A esas horas la casa estaba vacía. Comenzó a descubrir los demás muebles y objetos de la estancia. Había esculturas de piedra talladas y a medio tallar, de estatuas griegas y seres extraños. La última que descubrió fue la de una criatura monstruosa con cuerpo de hombre y patas de cabra con enormes cuernos entre los cuales portaba un sombrero de copa. El miedo la envolvió pero no podía dejar de admirar la belleza de aquella figura grotesca. Quedó quieta, alguien la observaba… ¿la sombra? ¿los seres de piedra? ¿O quizás Mirta? Salió rauda de la mansión, volvería con la luz del día. Comenzó a entender que las habladurías tenían su razón de ser, en la casona había algo.

En los días siguientes Angélica se afanó en limpiar la casa, se acostumbró al son del carillón e incluso encendía el gramófono para limpiar los dormitorios y la biblioteca. Sin embargo la sensación de ser observada siempre estaba allí como una lenta y perpetua tortura. Las paredes parecían tener ojos. Del joven Salazar no había ni rastro, no había llegado aún.

Angélica se mordía las pielecillas de las uñas nerviosa. Había osado vestirse con sus mejores galas y acudir al baile que se celebraba en la mansión. La casa relucía limpia y bien iluminada por sutiles lamparitas en las paredes y la magnífica lámpara de araña que tanto había frotado. Todo el mundo estaba expectante, la comida y la bebida se servía de fausto, mientras sus paisanos bailaban al son de un cuarteto contratado para la ocasión. Angélica ya había bailado con un par de jovencitas y tenía una pieza reservada con otro mozo de buena familia, cuando murmullos en el hall despertaron la atención de los invitados.

Y entonces apareció él, el joven Salazar y su cautivadora presencia llenó por completo la sala. Caminaba con aires de superioridad y movimientos elegantes, vestido con un traje negro a la última moda. Su tez era tan pálida que dejaba entrever algunas venillas azuladas y la melena negra como el azabache se movía grácil al son de sus pasos. Saludaba a sus invitados con una vana inclinación y delicados apretones de manos. Pero se mostraba inquieto, buscaba a alguien.

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La joven sin embargo continuó su danza con Roberto, el muchacho a quien le había concedido un baile. Sin embargo sus ojos no podían dejar de mirar a Salazar, ni siquiera sabía su nombre. Su presencia ejercía una fuerte atracción en ella. Era un misterio. Él no se había percatado de su persona y tenía su lógica.

Al cabo de un tiempo, el joven anfitrión ordenó que sirvieran copas a sus invitados, brindó con ellos y el cuarteto comenzó a tocar otra melodía. Pero no era una melodía cualquiera, era bien conocida para Angélica. Se sabía cada nota de memoria, gotas de sudor frio resbalaron a través de su escote. Salazar caminó hacia ella directo, seguro, sensual y sus ojos negros atraparon el alma incauta de ella.

– Mi nombre es Gabriel, señorita. Gabriel Salazar. ¿Quieres bailar conmigo?

– Angélica. Me llamo Angélica- dijo ella precipitadamente, ya bailando con él.

– Lo sé. He escogido esta pieza especialmente para ti. ¿Te gusta?

Angélica sintió temor pero su cuerpo seguía los elegantes movimientos de él, se movía a su compás sin parpadear adentrándose en la noche de su mirada. Varias personas quisieron bailar con ella, pero su cabeza, sus manos, sus pies danzarines solo obedecían su voz. Sus labios suplicaban un beso que nunca llegaba, mientras que Salazar los acariciaba suavemente con la seda de sus dedos. De pronto Angélica deseó una cosa, fue como una ráfaga en su mente seguida de una llamarada en los ojos de Gabriel para luego caer de nuevo en dos pozos oscuros. La gente que había en la fiesta cayó desplomada en el frio suelo de mármol; decenas de cuerpos inertes invadían la planta baja de la casona. Tan solo quedaban ellos dos de pié.

– Te quiero solo para mí- susurró el en su oído- Se que lo has deseado. Ven conmigo.

Fue entonces cuando la anciana Mirta apareció con una lámpara de aceite en sus manos.

– Ya está todo preparado señor- avisó el ama de llaves.

Solo entonces la joven fue vagamente consciente de lo que ocurría a su alrededor.

-¿Qué está pasando?- Preguntó Angélica asustada mientras Salazar la hacía subir por las escaleras- ¿Quién eres?

La música del gramófono comenzó a sonar, esa melodía de violines otra vez. Era una pesadilla. Mientras subían la escalinata la imagen borrosa de un monstruo de ojos rojos como el fuego pareció reflejarse en un pequeño espejo. Angélica cerró los ojos, estaba drogada.

– Soy Gabriel.

CONTINUARÁ…

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Autor: Jana

Crea magia con tus propias manos porque como un sabio dijo un día "la vida es sueño y los sueños, sueños son."

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