Mazo de descartes

El espejo del pasado

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images2UK2WS9OMe revolví entre las sábanas, pero noté algo extraño en mi cama, no parecía ser la misma en la que me había acostado anoche.

Volví a desperezarme, un aire tibio llegaba hasta mis mejillas y la caricia de unas sábanas de seda despertaron cada poro de mi piel. Era una sensación sutil, tierna, casi recién descubierta. La habitación resplandecía pues la intensa luz matinal de finales de primavera entraba por el gran ventanal que la presidía y un aroma a café, leche y tostadas con miel se colaba a través de la corriente de aire mezclándose en mi mente e imaginando un delicioso, dulce desayuno.

Abrí los ojos despacio, advertí que realmente estaba en mi cuarto pero este se veía extraño. No había ni rastro de mis muebles nuevos, las cortinas eran distintas, las paredes en vez de pintadas estaban forradas de papel con estampados florales. Toda la estancia se hallaba decorada con un estilo de lo más “Vintage”. Me sentí confusa, quizás me había pasado con el alcohol la pasada noche, durante la fiesta de cumpleaños de un buen amigo. Sin embargo todo me era tan familiar…. hasta el sentir de una presencia a mi lado, una respiración tranquila y propia de un sueño profundo. Me giré despació y observé a la persona que tenía a mi lado. Entonces de golpe recordé. ¡No podía ser él!

La diosa fortuna me había concedido el deseo de volver a verle una vez más. Hacía tanto, tanto tiempo de aquello. Sonreí al saberle que yacía a mi lado. Permanecía dormido y respirando el mismo aire que yo respiraba, depositando su aliento tibio sobre mi cuello a la vez que movía ligeramente el vello de mi nuca embriagándome hasta hacerme volar. Cada respiración suya hacía que me elevara más y más, me sentí liviana pudiendo navegar por el mar transparente de la habitación. Atravesé el visillo de la cortina y pude jugar, como si fuese una niña, al escondite con la brisa de la mañana para al final ya cansada, revolotear por los oscuros cabellos de él y dejarme caer. Caer como una pluma sobre su espalda e imaginar aquel cuerpo tan conocido y secretamente explorado.

Noté como abría los ojos, aún cuando los míos se habían cerrado de nuevo dejándome inventar. Advertí su mirada clavada en mí, intentando adivinar si estaba despierta. Mi cuerpo tenía prisa por abrazarle. Habían pasado demasiados años, demasiadas vidas. Sus brazos me envolvieron con fuerza apasionados y protectores, aún olía a su loción. Jamás olvidé ese aroma picante y a la vez dulzón que penetró en mi torrente sanguíneo a través de sus labios. Abrí los ojos y me sumergí en su mirada del color de la miel; tenía hambre y con su mano me guió hasta un maravilloso desayuno saciándome.

La mañana voló mientras el fino hilo de miel caía sobre una rebanada de pan. Toda la familia se encontraba reunida en el patio de la masía. Al verles decenas de recuerdos perdidos se agolpaban en mi cabeza, tan reales como si aquella fuese en verdad mi vida. Yo no era hija natural de aquella casa, eso me quedaba claro. Mi madre no era ninguna de las mujeres que allí parloteaban, su nombre era Flora y había sido la antigua ama de llaves. Llegaron a mi mente imágenes borrosas de ella. Mi madre ya no vivía allí con nosotros y yo no pertenecía a aquel lugar.

 Ya pasaba el mediodía pero el desayuno aún permanecía en la mesa de mármol gris. Un frondoso emparrado nos protegía de los hirientes rayos del sol. Yo permanecía sentada descansando, contemplando extasiada la algarabía formada por todos los allí presentes. Escuche a la abuela Angustias, sentada en la mecedora con su horrible y abultado vestido negro recargado con encajes raídos. La señora se limitaba a escupir insultos y lamentos que nadie atendía. Me acerqué hacia ella y cogí sus manos arrugadas acariciándolas.

” Solo tú, una indigna de esta casa, eres la única que me escuchas. ¡Los maldigo a todos!” Acto y seguido me miró con un inesperado atisbo de calor en sus ojos “Te pareces a tu madre. Ella siempre cuidó de mí y solo por ello desvergonzada, te querré más que a ninguno de estos malditos”

Pobre viuda anciana, mezquina hasta la muerte. Yo si sentía que los quería y los bendecía. Observe a Mariana, la señora de la masía y madre de él; regañaba a la criada por verter el zumo en el empedrado. Miré a la joven  con compasión pues un día fui aquella muchacha plagada de sueños que no aspiraba más que entregarse al bienestar de los señores. Ese tendría que haber sido mi destino. Pero la vida me regaló el ingrediente que cocina la felicidad pues, en aquella casa vivía él; con su eterna sonrisa infantil y aquellos labios que besaron mis lágrimas tras la muerte de mi madre. Si, recuerdo su muerte. También evoqué los momentos en que me enseñó a contar las estrellas y como sus pies firmes me mostraron el camino en un mundo de alto copete, hostil y que no era el mío. Él, solo él, allí estaba él, bajo la parra en flor, con su melena oscura como si afrentara al sol procurando calmar los nervios de su madre. Respiré hondo tratando de disfrutar de cada milésima de segundo de aquel deseo.

imagesLQ0ADIV9Me levanté para dar un paseo. Deslicé mi mano por la falda de aquel elegante y sencillo vestido marrón. Lo que daría por poder coger la cámara de fotos que guardaba en el primer cajón, para verme vestida con esa ropa de época. Entonces vuelvo a acariciar la suave tela del vestido que se pliega a mi contacto, como si nunca hubiese acariciado tela igual.  Caminando llegué hasta la pequeña rosaleda y orienté mi rostro hacia la luz del sol. Ya no quemaba pues una nube se había interpuesto en su camino. Vi a mi esposo acercándose  a mi y contenta dejé que la brisa me acariciara la cara mientras me hablaba, su voz era dulce melodía en mis oídos.

Pronto el sol volvió a calentar enrojeciendo mis mejillas a la vez que una brisa ya cálida, acompañada del perfume de las rosas y el jazmín blanco me refrescaba segundos después. Si me concentraba podía escuchar la vibración de la vida, el zumbido de los moscardones y las abejas que se posaban sobre las flores del jardín. Un mundo de sensaciones que colmaban mis sentidos. Fue entonces cuando me cogió de la mano, fui solo un instante feliz. Me aferré fuerte a sus dedos pues algo extraño ocurría. Sentí que algo tiraba de mí, una fuerza ajena y comprendí que no podía quedarme mucho más tiempo. Todo se tornó borroso. No quería irme pero no pertenecía a allí, no era mi lugar; no era ya mi tiempo.

Al fin me desperté. Me revolví entre las sábanas, acaricié mis piernas y subí hasta los muslos pero el pantalón de mi pijama me lo impidió. Abrí los ojos de golpe, la luz entraba débil por el gran ventanal. Un olor a otoño llegaba hasta mi nariz  y el ruido del afilador golpeando mis oídos me trajeron de vuelta al presente. Nadie yacía a mi lado, estaba sola y la estancia permanecía bohemia y alegre, tal y como yo la había decorado. Me sentía extraña después de la noche pasada entre sueños extraños, visiones.

Me vestí y salí dispuesta a perderme entre los colores de noviembre para hacer fotos del paisaje. Mientras andaba por el camino, a orillas del río, me saludó un viejo amigo al que llevaba tiempo sin ver. Sentí una sensación extraña al reencontrarme con él, un júbilo incapaz de explicar con la lógica de la mente. Parecía como si le hubiese visto ayer. Me abrazó y miré a sus dos ojos color de la miel. Me adentré en ellos ante su mirada interrogante y yo le sonreí. Si, después de tantos años al final lo supe. Si, era él. Hablamos durante horas interminables, nos perdimos entre los senderos que rodeaban el parque.  Me cogió de la mano y entonces fui un instante feliz. Le dije,  “Ya es hora de que volvamos a casa”

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Autor: Jana

Crea magia con tus propias manos porque como un sabio dijo un día "la vida es sueño y los sueños, sueños son."

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